EL SUEÑO DE
MI MUERTE
Voy por la
calle, es de noche y todo parece en blanco y negro, debe ser por la niebla, que
a lo lejos, desdibuja todos los contrastes. Entro por un callejón que va a dar
a una especie de tienda vieja, con una de esas puertas de cristal esmerilado
protegidas por una malla de hierro. La puerta de doble hoja está abierta y hay
gente esperando pero enseguida entran. Cuando llego yo no hay nadie, sin
embargo en cuestión de segundos miro hacia atrás y veo una fila de gente. Es
curioso, casi todos son hombres, pero o son muy jóvenes o muy mayores, me
miran. Los jóvenes están asustados, como diciendo ¿qué hago yo aquí? Los viejos
parecen resignados con cara de decir: ya está, el momento ha llegado, ya no hay
camino de vuelta.
Mi mente
reflexiona a la velocidad de la luz, sé por qué estoy aquí, quiero decir, soy
consciente de ello, pero, a la vez me niego a entrar por esa puerta. Pero es
inevitable, una fuerza invisible e inexorable me empuja dentro.
Está todo
casi en penumbra, hay un par de mesas con dos mujeres, como con uniformes, que
de una forma monótona preguntan a los que están delante de mí.
Ya está,
ahora lo entiendo, acabo de morir, en este momento me doy cuenta de que aunque
todavía permanezca físicamente, o a mí me lo parece, he dejado el mundo de los
vivos. Ahora entiendo, los chicos jóvenes han muerto en accidentes de tráfico o
drogas, los mayores de enfermedades o de viejos. Todo está turbio y yo estoy
entre la vigilia y el sueño, como cuando llevas toda la noche sin dormir y te
caes de cansancio.
-Siéntese,
-me dice la primera de las mujeres, mientras maneja unos papeles. -Sí, acabas
de fallecer. La buena noticia es que vas a volver a nacer en cuanto quieras,
eso sí, debes decirme dónde, te quedas en este ambiente, o prefieres otro país,
otro continente…
Casi sin
tiempo para pensarlo, le contesto que prefiero nacer en la misma ciudad donde
he vivido.
-Vale, ya
está, eso es todo. Adiós.
Me levanto
y voy a la siguiente mesa:
-La
pregunta es muy sencilla: ¿Quieres cambiar de sexo?
-No no, soy
un hombre -digo casi sin pensar, no sé porqué, siempre he tenido la sensación
de haber sido una mujer en otra vida.
-Ahora eres un "alma". Cuando vuelvas a nacer volverás a ser un hombre. Y ahora te
vas por esa puerta y ya te dirán…
Todo seguía
en penumbra, en blanco y negro, turbio, desenfocado, como con niebla y sueño,
yo seguía como medio dormido, como cuando soñaba, en esa conciencia medio
despierta, ese "despertar" que ocurría casi siempre que quería acabar
un sueño porque me agobiaba.
De pronto
abrí la puerta y me cegó un luminoso cielo azul, el sol en la cara, una mañana
aterciopelada de verano en un paisaje idílico, con árboles, fuentes y flores,
todo en unos colores brillantes y saturados, que contrastaban con la penumbra
anterior, la brisa en la piel, y un montón de gente muy agradable y contenta
hablando en grupos entre ellos. Entonces me hice consciente de que no estaba
solo, desapareciendo la sensación de soledad que había tenido toda mi vida: me
estaban acompañando todas las almas de la humanidad.
No podría
precisar cuánto tiempo pasé en ese ámbito que me rodeaba, no era sólo la vista,
todos mis sentidos lo vivían de una forma tan pronunciada, una visión
panorámica y como de rayos x, incluso descubrí "otros sentidos" que
se habían sumado, sensaciones nuevas, o al menos diferentes, como ese momento
que me había ocurrido desde niño todos los años de mi vida cuando llega el
otoño, -como un escalofrío que dura apenas un segundo-, pero que es distinto al
resto del año.
Y así,
empezaron a pasar los minutos, las horas, los días y los meses y yo cada día
iba olvidándome poco a poco de mí mismo y de mi vida anterior, porque ésta, era
sin duda otra vida… de otra persona. Yo mismo era consciente de que estaba
dejando de ser yo, un hombre que había muerto a los cincuenta y cuatro años,
para convertirme en otro ser mucho más jovencito…, hasta el punto de que…
estaba sentado en el césped de un parque cuando mi madre me cogía en brazos y
me sentaba en mi cochecito, y yo la miraba agradecido de tener tanta seguridad
a su lado sabiendo que me cuidaría pasara lo que pasara. Y había una serenidad
en mi vida de bebé de pocos meses, y una absoluta falta de preocupaciones y
ansiedades adultas…
Así que no
sé cómo ocurrió, pero pasó el tiempo y yo estaba en el colegio en mitad de una
clase de historia con once años y de pronto, como si me hubieran dado un susto
o un golpe, me acordé de mí mismo y de mi mujer y de mis dos hijos, veintidos años mi hija y dieciseis mi hijo.
¿Cómo era posible? Pero si yo era un crío. ¡Qué pensamiento tan extraño pero
tan familiar!
Y quedó en
mí una reminiscencia de ese recuerdo de mi vida anterior, una extraña y
sinérgica sensación, que no se puede explicar, como por qué el lunes es gris y
el viernes azul, o por qué la nota musical "re" es amarilla, que
siguió retroalimentándose más del recuerdo de los once años que del mismo, como cuando creamos inconscientes un recuerdo que obviamente no existe
de una fotografía antigua, y con el tiempo, ya no es solo una imagen sino algo vivido realmente.
Pasó el
tiempo y un día con treinta años, volví a tener presente de golpe mi vida pasada al
ver a una mujer por la calle que me resultó tan definitivamente conocida, a
pesar de que no la había visto en mi vida, que decidí que debíamos de ser
familia.
Fue tal la
impresión que me dio ver a esta mujer que me desperté del sueño de golpe.
Este sueño
lo tuve a las ocho de la mañana del lunes dieciseis de Diciembre del año dos
mil trece. Me llamo Eduardo, tengo sesenta años, una hija de veontiocho años y un hijo de veintidos.
YA
Estoy en la
puerta de lo que parece ser un aula escolar, y de hecho lo es. Es amplia y está
pintada en un tono salmón pálido. A un lado hay cinco ventanas amplias, pero
están con las persianas echadas de manera que prácticamente la estancia está
casi en penumbra, pues tampoco hay ninguna luz eléctrica encendida. Entre los
pupitres hay sentadas unas treinta personas de entre treinta y sesenta años.
Les pido que guarden los móviles y que se pongan todo lo cómodas que
puedan. A pesar de estar en un colegio no se oye absolutamente nada. Ahora
les digo que cierren los ojos y que piensen en un lugar, una compañía, una
música, o un olor agradable.
Me pongo
delante de ellos en el centro, me concentro, cierro mi mano derecha colocando el puño en mi frente y cerrando los
ojos, digo en voz alta:
-¡Ya!... -mientras
noto una pequeña vibración interna en la cara en el momento de decirlo y les
envío mentalmente como una onda sonora que inunda las paredes, el techo y el
suelo del aula.
Acabo de
darles una conferencia de más de dos horas, hablándoles de fotografía (soy
fotógrafo) en menos de un segundo de la que jamás olvidarán ni una sola palabra.
Y no me ha costado el menor esfuerzo, ya que lo he hecho muchas
veces, pues doy clases.
La gente
empieza a desperezarse como si despertaran de una buena siesta y al poco
alguien comienza a aplaudir por la charla, mirando el reloj y los móviles. Acaban
por aplaudirme todos.
Un señor me
pregunta atónito cómo es posible que tras dos horas y pico, y de haber escrito
treinta páginas de notas en su cuaderno, el reloj sigue marcando la misma hora
que cuando se sentó.
Me
felicitan por todos los datos que les he proporcionado -en menos de un segundo-
y van saliendo del aula encantados
hablando y compartiendo notas entre ellos.
Es extraño,
pero tengo la capacidad de manipular la mente de la gente y concentrar o
detener el tiempo.
Me
despierto.
EL SANADOR
Estoy sentado en un recinto al aire
libre, en una especie de escenario cubierto. Delante de mí, miles de personas
se agolpan en una fila interminable, formando una “ese” que se va de lado a
lado del recinto hasta el final.
A mis pies hay una especie de cojín
grande para que la gente se arrodille ante mí.
Al parecer tengo la capacidad de
sanar y de que las enfermedades físicas o mentales desparezcan de la gente
simplemente tocándoles, unas veces la frente, otras las mejillas.
Por detrás del escenario aparece un
sacerdote o monje budista, o algo así y me dice que ya puedo empezar. Así lo
hago.
Y empieza a desfilar la gente ante
mí. La primera es una mujer de mediana edad con aspecto sombrío y enfermizo. Se arrodilla y doy un toque en la
frente que queda a la altura de mis
manos. Automáticamente le cambia la cara. Ahora está resplandeciente y con una
sonrisa impresionante. Dice:
-Gracias Señor.
El siguiente, lo mismo. A un lado hay
dos asistentes que invitan a moverse del sitio frente a mí, para ir más rápido.
Se arrodillan, los toco, apenas un golpecito con la punta de los dedos, se
levantan y se van contentos y conscientes de su mejoría, Me cuesta más tiempo curar a algunos y entonces utilizo
ambas manos que coloco en sus mejillas. Es muy gratificante, primero porque
sano a todo el mundo sin importar lo que tengan y segundo, cuanto más desarrollo
este poder, por decirlo de alguna forma, mejor me encuentro yo.
He calculado unas quinientas personas
al día las que han quedado libres de enfermedades simplemente rozándoles
levemente su frente o sus mejillas. Así paso varios meses.
Me despierto y por supuesto recuerdo
el sueño. Nunca había tenido una sensación de paz y felicidad como en aquél
momento.